sábado, 9 de septiembre de 2017

Preludio de la Infancia




Ensamble Latinoamericano de Música Contemporánea Simón Bolívar

El mundo infantil es maravilloso e imaginativo, los niños nos sorprenden  en todo momento con sus ocurrencias,  modos distintos de pensar y abordar un problema. Siempre se aprende de ellos. Todo niño es un proyecto futuro, una apuesta futura, lamentablemente, como sociedad hemos fallado en ese aspecto.
Es estupendo cuando un niño logra prefigurar su futuro en su imaginación, se visualiza o imagina como será. Es un ejercicio que realizo con frecuencia cuando tengo oportunidad de compartir con ellos. Hace años los niños se imaginaban como sus padres,  de allí la importancia del modelaje, hoy la competencia con la tecnología y la comodidad, en muchos casos,  hacen que la visualización e imaginación del futuro sea inalcanzable, sin sentido y manipulable. Aún así los niños nos sorprenden.
Cuando realicé la investigación sobre la música electroacústica de Antonio Estévez me pregunté muchas veces cómo y por qué Estévez llegó allí, a esa estética,  a ese modo de pensar la música, siendo en ese momento uno de los compositores de más éxito. Ese cambio de lenguaje y formato de expresión lo afectó mucho, tanto que,  según algunos  expertos,  catalogan ese periodo de Estévez como un momento de silencio de su creatividad musical. Él siempre cuestionó este periodo como un descubrimiento necesario que no le pertenecía, su formación se basó en el lenguaje musical tradicional aprendido del Maestro Vicente Emilio Sojo. Asimismo, existen algunos cuentos y mitos urbanos sobre la relación complicada entre Estévez y Sojo luego de su regreso de Europa debido a ese asunto de la enseñanza musical. Lo cierto es que la respuesta a la inquietud del cambio de estética la encontré en su niñez.
José Balza en su Iconografía sobre Antonio Estévez nos menciona que cuando llega a Paris queda impactado con la audición de Gesang der Jünglinge  (Canción de los Jóvenes) de K. H. Stockhausen, empieza entonces su aproximación y comprensión de la música concreta. Balza señala lo siguiente:

En este período, dos recuerdos perdidos buscan a Antonio Estévez. Uno de ellos fue fijado a los ocho años. Para entonces, el niño contribuía en algo con el trabajo de su padre. Le correspondía vigilar la planta de hielo, en el negocio de aquél, y quedaba solo largo rato. Un detalle contradictorio lo hipnotiza allí: puede ver la polea y su correa, girando sin cesar; sabe que de allí viene un zumbido: y hasta aquí todo resulta claro. ¿Pero esa música, esas variaciones agudas y suaves que interrumpen el silencio, de dónde vienen? ¿Son producidas simplemente por la polea o es un secreto que la máquina quiere transmitir al niño? (Balza, 1982: 22).

No sabemos si esto fue cierto o no, en todo caso, ese sonido escuchado e imaginado por un niño a los ocho años se activaría en su mente en la madurez. Lo investigó, experimentó y expuso ante todos dando a lugar a una música electroacústica, extraña y cruda que le da sentido a la vida del gran compositor Antonio Estévez.
Justamente, con ese espíritu surge Preludio de la Infancia, un homenaje a la niñez, a la vida y obra de Antonio Estévez. Gracias a la creación de esa música pude aproximarme con mayor certeza a la relación entre la música y la arquitectura.

Hace poco encontré el vídeo que encabeza esta entrada. Fue publicado por el XVIII Festival Latinoamericano de Música. Una grata sorpresa que agradezco a todo ese equipo del festival, principalmente a Alfredo Rugeles y Diana Arismendi, dos personas muy importantes en la difusión de la música académica en Venezuela.

Daniel Atilano

domingo, 23 de julio de 2017

La Peña Tanguera

En Bello Monte al lado de la autopista Francisco Fajardo, en avenida Venezuela con calle Tacagua quedaba un antiguo y prestigioso local nocturno donde se escuchaban tangos, La Peña Tanguera. Allí a partir de la siete de la noche ese lugar de ventanas pequeñas y cortinas te presentaba un mundo mágico. Un señor alto, moreno,  voluminoso, lentes oscuros y  bigotes  tipo zorro, trajeado con corbata y “flux” podía detenerte o dejarte entrar al local. Adentro el espacio era oscuro y algo rojizo como consecuencia de la iluminación de las mesas con lamparitas. Una barra de madera con bancos giratorios te recibía, toda una estética década 1950. Se escuchaban tangos y milongas. Allí tuve la dicha de cantar a finales de los noventas con el grupo “Entrance”.

"Entrance" éramos un grupo de amigos coralistas universitarios en su mayoría de la Facultad de Ciencias de la Universidad Central. Estaba conformado por una urbanista, dos licenciadas en computación, un carpintero, un matemático y un arquitecto nos juntamos para cantar piezas originales y arreglos vocales a seis voces. Fue para mí, como compositor, fue un laboratorio de ideas musicales. Los ensayos memorables fueron horas de trabajo llenos de humor picante y divertido. Si llegabas tarde el “chalequeo” era intenso acompañado cafecito y refrigerio.

Un día nos dijeron para cantar en la Peña Tanguera, como no teníamos un tango para la ocasión  para no perder la oportunidad arreglé la Milonga Sentimental y nos fuimos armados con nuestro repertorio vocal de seis piezas, cinco piezas venezolanas y una milonga. El ambiente era fantástico, allí conocí a dos extraordinarios músicos al bandoneonista Danilo Rivero y al legendario bajista Salvador Soteldo quienes acompañaban a los cantantes de tango, por ellos valía la pena todo el esfuerzo. Ellos nos dijeron que el público de la noche tiene sostenidos y bemoles. Que una presentación puede ser fantástica pero otra puede ser terrible, que tratáramos siempre de hacer buena música para nosotros, ese era el truco. Así, tuvimos un mes de presentaciones inolvidables.

Una noche de sábado a casa llena estábamos inspirados el ambiente era cómplice con nosotros, los propietarios estaban sorprendidos porque, a pesar de no ser la típica música se cantaba en ese lugar, el público había respondido favorablemente. Llegamos al punto de lograr el silencio y atención absoluta, después lluvia de aplausos. Casi para finalizar cantabamos nuestra pieza más delicada,  Niño Lindo. Imagínense ustedes teníamos atrapado al público, cantar una pieza como esa  en ese ambiente, en un Night Club caraqueño. Que sublime ocasión,  finalizando la pieza de pronto se escucha un manotón contra la barra ¡PUM! un despechado ha gritado a todo pulmón: ¡Quiero Tango!  Me acordé en ese momento del sabio consejo de Rivero y Soteldo.


Estos meses las marchas caraqueñas se han apropiado de autopista Francisco Fajardo rememoré estando frente a ese lugar. La ciudad se ha transformado, viene a mi mente José Ignacio Cabrujas parafraseando una de sus entrevistas decía “Caracas no permite recuerdos, no hay recuerdos posibles en ella… tal vez sea por ello que la amo tanto”. El lugar de la Peña Tanguera es hoy una cauchera.

Daniel Atilano

viernes, 7 de julio de 2017

San José de los Altos

Capilla de San José de los Altos.
Foto José Ilidio Spinola
Viví en San José de los Altos cuando era niño, tendría 6 o 7 años. Recuerdo que era un pueblo húmedo y frío. La casa veía hacia los Valles del Tuy, eso era lo que decían mis hermanos mayores y los adultos cuando veíamos hacia la lejanía. Ir para Caracas era un viaje.
Era un pueblo de calles empinadas, la única vía plana estaba frente a la plaza de la iglesia. Esta particularidad más que ser un problema era una oportunidad para los muchachos de aquella época.  En diciembre antes del día 24 de solía haber patinatas frente a la plaza de la iglesia. Los muchachos se levantaban muy temprano, como a las cuatro y media de la mañana salían con los amigos a esa hora a patinar, las calles en bajadas  trocaban en rampas de deslizamiento bajo las ruedas metálicas de los patines “Winchester”.  La aventura comenzaba la noche anterior cuando dejaban todo preparado,  al escuchar las “piedritas en el vidrio de las ventanas” todos salían disparados a la plaza a patinar. Los más pequeños no nos dejaban ir porque “eso era cosa de muchachos”.
Una vez nos llevaron a las patinatas, imagino que mi mamá quería que viéramos de qué se trataba todo aquello, ya que en su niñez y juventud ella había patinado en el Parque los Caobos en Caracas. Siendo tan pequeño no entendía lo de la “misa de aguinaldo” todo estaba oscuro y el cura daba la misa, me preguntaba: ¿para qué son los patines? lo comprendí después. En la iglesia me llamó la atención la presencia de instrumentos  (cuatro, chapero, tambor, furruco)  y el canto de aguinaldos, todos se sabían la letra, creo que allí fue donde escuché por primera vez el Niño Lindo. Después todos, hasta el cura, salían frente a la iglesia, cantaban parrandas,  patinaban, algunos se lanzaban por la bajada. Descubrí más tarde que mis hermanos y sus amigos, ciertamente, disfrutaban  toda la experiencia, sin embargo, lo más importante para ellos no era ni la misa, ni los aguinaldos, ni siquiera la patinata, eran las muchachas. Finalmente, cuando salía el sol, todos regresaban a sus casas.
En esa época la música se manifestó en mi casa de muchas y diversas maneras.  Por una parte, el aguinaldo y la parranda que se tocaban en las patinatas fue retada por  la recién llegada gaita maracucha, recuerdo particularmente a La Suegra que se escuchaba por radio, se popularizó en Caracas, San José de los Altos no escapó de su influencia. El ritmo pegajoso y rápido de la gaita con cuatro, charrasca, furro y tambora junto a la letra divertida y directa gustó mucho.
La otra influencia musical que enloqueció a los jóvenes de ese momento vino del exterior a través de la radio y la televisión, los Beatles. Recuerdo la comiquita de los Beatles que pasaban por aquella televisión en blanco y negro. Los muchachos cambiaron su apariencia, vistieron camisas de bacterias, pantalones de pana y botines. La influencia fue tal que formaron un grupo, los We, tocaron en televisión, fue todo un acontecimiento en la cuadra. Ese grupo de convertiría años más tarde en el grupo Aditus.
Siendo niño aguinaldos, parrandas, gaitas y rock de los Beatles se juntaron en el recuerdo de un pueblo de los Altos Mirandinos en manos de mis hermanos mayores. Lo provinciano y tradicional se unió con lo urbano e internacional. Penny Lane por Pepperland disparó esta evocación.


¿Qué recuerdos tendrá en un futuro un niño de 6 o 7 años de hoy?  

Daniel Atilano

miércoles, 28 de junio de 2017

Mimina, la poetisa

Casco histórico Ciudad Bolívar
Realizando en el 2000 la investigación de “El mundo virtual de Antonio Estévez” sobre la relación entre Antonio Estévez, Jesús Soto y Carlos Raúl Villanueva, le pedí una entrevista a Jesús Soto, quien me la concedió gentilmente, sin ninguna parsimonia ni espera.
En esa conversación Soto entre muchas cosas de importancia  mencionó a una señora, Mimina Rodríguez Lezama, quien posiblemente sabría del paradero de las cintas musicales del Museo de Arte Moderno “Jesús Rafael Soto”.
Al poco tiempo fui para Ciudad Bolívar  para contactarla y entrevistarla sobre el asunto que me interesaba. Pregunté por ella en el museo, averigüe que vivía en la zona colonial de la cuidad. Me enrumbé hacia el casco histórico, cada paso era un camino hacia el pasado, preguntando llegué a la casa,  toque una gran puerta y me atendió un señor, me llevó donde estaba ella.
Mi impresión de la casa sigue siendo una imagen sepia. Mimina era una gran señora entrada en años, cabellera blanca, con lentes,  tez blanca con pecas en sus manos, acostada en una hamaca grande color crema, rodeada de libros apilados en el piso. Me dijo, con voz sobria: “Buenas tardes, yo soy Mimina, poetisa, amiga de Soto, que desea”.
Me presente y atendiendo al gesto que ella me  hacia con su mano me senté en una silla junto a la hamaca.  Recuerdo que hacía mucho calor y la casa estaba iluminada con una luz de sol de tres que entraba por una ventana alta. Le expliqué el motivo de mi visita, las cintas del museo.
Me habló sobre aquella época donde ella se rodeaba de artistas y de la vida artística de Ciudad Bolívar. Que había gente con gran sensibilidad pero que lamentablemente algunos sin este don se habían coleado. Uno de esos insensibles se había montado en la dirección del Museo Soto  perjudicándolo. Me contó que hacía tiempo había rescatado un material que habían botado del museo, entre las cosas parecía haber unos cartuchos que se utilizaban para musicalizar, las tenía guardadas en un baúl junto a otras prendas del maestro Soto. Me alegré mucho ya que había dado con lo que buscaba, pero la alegría me duró un instante al informarme que a la única persona que le podría dar ese material era al mismo maestro Soto. Le informo - con cierta angustia, ya que perdería el viaje si no obtenía las cinta -  la importancia del trabajo.
Ella me sonrió y me preguntó si yo había conocido a Estévez, le respondí extrañado que lo había visto alguna vez en el Conservatorio Juan José Landaeta pero yo era un adolescente, no lo conocí en persona.  Entonces me contó la siguiente anécdota:

Estévez era una persona inquieta y voluntariosa, había venido para acá  ponerle música al Museo. Soto me había dicho que lo atendiera, que era un gran compositor. Ya yo lo sabía por la Cantata Criolla. No pude verlo trabajar. El se encerraba e iba componiendo,  un día vino molesto porque el penetrable no lo dejaba trabajar,  hacia mucho ruido. Entonces se le ocurrió sujetarlo con teipe  y tirro para que no hiciera tanto ruido. Y así fue como  pudo terminar lo que vino hacer. El día que se iba lo acompañé al aeropuerto para despedirlo, cuando  estaba subiendo la escalerilla del avión empiezo a gritar: ¡Mimina, Mimina!  Suelta al sujeto que esta amarrado en el museo, suelta al loco...”

Su reflexión de los artistas y la anécdota le refería sobre  la capacidad que estos tienen para humanizar las cosas: llamar loco a un penetrable y referirse al objeto como una persona. Nos reímos de esto.
Se hacía tarde y tenía que irme le insistí sobre las cintas. La señora se ha puesto a llorar porque  había pasado un buen rato con los recuerdos y me dijo: Me hubiera gustado darte las cintas, pero le di mi palabra a Soto, no puedo. Te deseo toda la suerte con tu trabajo.
Pude terminar el trabajo aquí en Caracas averiguando en el Instituto de Fonología donde recuperé las cintas. Ahora la recuerdo y no sé que habrá pasado con la vida de Mimina. Le estoy agradecido porque me trajo una imagen desconocida de Estévez que hoy comparto con ustedes y una solidaridad que casi ya no existe.

Daniel Atilano

PD. Este cuento fue publicado en el libro "No tengo prisa" en homenaje a Jesús Soto, publicado por Chuchito Sanoja en 2009. Chuchito me informó que Mimina falleció en noviembre de 2006 a los 82 años en Ciudad Bolívar, su restos fueron velados en la Casa de la Cultura Carlos Raúl Villanueva.

[http://talentovenezolano.blogspot.com/2006/11/mimina-rodrguez-lezama-mujer-paradigma.html]

sábado, 24 de junio de 2017

Toqué el cuatro una vez en Nueva York

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Catedral de San Patricio
Nueva York

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Tuve la fortuna de tener unos padres que creyeron en la educación, les agradezco mucho a ellos y a Dios mi suerte. La educación fue la inversión más estructurada en mi infancia, adolescencia y juventud. Ojalá pudiéramos tener un sistema educativo sólido, confiable, al alcance de todos y apreciado como la riqueza más grande del ser humano. En una buena educación el muchacho organiza el ocio que, sin forma ni dirección, le puede llevar a la delincuencia, no importa el nivel social. El ocio puede ser determinante en la vida. La música ocupó mis espacios de esparcimiento, de ocio
El cuatro llenó esos ratos de solaz. Recuerdo que fue un Polo Margariteño tocado por un compañero de tercer grado el detonador de mi destino. Quedé sorprendido al ver un niño igual a mí que podía cantar y tocar. Mi insistencia desde ese momento fue tener un cuatro. Ha debido ser una experiencia latosa para mi madre.
En Caracas, había unos puestos en algunas urbanizaciones que vendían cuatros,  al verlos empezaba la cantaleta de “cómprame un cuatro”. Por fin un diciembre tuve el bendito cuatro que había costado la fortuna de 25 bolívares. Ese gesto maternal definió mi destino. Tocar y tocar, las propagandas, los programas, llevarlo al colegio y tocar canciones del método de Oscar Delipiani. El cuatro me ayudó mucho a conocer personas, reconocer el país y… a ocupar mi ocio.
Hacia finales de los setenta, en la época del ta’ barato dame dos venezolano, mis padres invirtieron en el aprendizaje de una lengua.  Todos o casi todos en mi casa pudimos salir del país aprender inglés, eso nos abrió muchas oportunidades. El  esfuerzo de mis padres rindió frutos en todos nosotros.  En mi viaje a Boston llevé mi cuatro, allí fue donde descubrí lo que hacia la música, sobre todo la música venezolana.
Toqué en la calles para comer cuando no llegaba la renta desde Venezuela, di serenatas junto a  un cantante peruano, parrandeé  hasta el cansancio y conocí a grandes músicos. Justamente, fue gracias a un excelente músico venezolano, Mauro Tortolero, que el cuatro adquirió otra dimensión. Mauro tocaba todos o casi todos los instrumentos, su experticia era el contrabajo pero tocaba con maestría el arpa llanera, tenía una guataca prodigiosa y una memoria inmensa. A fuerza de caseticos e instrucciones de cómo rasguear con la mano derecha aprendí muchísima música llanera que él me grababa y luego corregía cuando le acompañaba en el arpa.
Un día me dijo: vamos a tocar en televisión, tenemos que ensayar. Así conocí a “Pito” quien tocaba las maracas; el bajista, lamentablemente no recuerdo su nombre; Mauro en el arpa y yo en el cuatro. El éxito fue inmediato tocamos en todas partes, nos invitaron a Nueva York a tocar en la Catedral de San Patricio, era mi primer viaje como músico en el exterior, yo no podía con la emoción.
Tocábamos un domingo, partimos el sábado y dormimos en Queens. Para aliviar los nervios del grupo tocamos en una oficina del consulado de Venezuela en Nueva York que se encontraba al lado de la Catedral, todo estaba saliendo muy bien, salimos del consulado y llegamos. Allí estaba San Patricio, mi primera impresión fue extraña, desde afuera la Catedral se veía pequeña como sumergida entre rascacielos. Cuando entramos y se abrió el espacio de la nave principal, todo era inmenso y estaba completamente llena de gente.
Un pequeño detalle, en el trayecto del consulado a la Catedral lo hicimos a pie por la cercanía, recuerdo que hacía mucho frio. Cuando estábamos listos para tocar las 32 cuerdas del arpa se habían  desafinado debido a la temperatura. Mauro con la viveza y rapidez del músico popular teniendo el público esperando, decide no afinar hacia arriba sino que nos pidió al bajista y a mí bajar medio tono. Él tan solo ajustó algunas cuerdas, la rápida operación fue un éxito, ¡afinados!
En el proceso, el único que no había participado era el maraquero, se había quedado extasiado ante el altar, un gran Cristo arriba de nosotros  y las casi 3000 personas que habían acudido esa tarde. Cuando empezamos a tocar el ritmo no cuadraba, las maracas estaban atravesadas. Mauro se da cuenta y comienza a recitarle en el oído al maraquero: picante, picante, picante, señalándole el acento mientras tocaba. Este demasiado nervioso no acertaba el ritmo, estaba arruinando el número. Fue allí el momento memorable de esta experiencia.
Mauro le dijo en voz baja pero con firmeza: ¡Pito,  Pito! mira pa’rriba.
El maraquero asustado le pregunta: ¿qué, ...qué veo?  
Mauro: ¡mírale las bolas a  Cristo!
Pito espetó con una sonrisa: no seas falto e’respeto, estamos en el altar de la iglesia.
Inmediatamente como por arte de magia, Pito agarró el tiempo, todos nos reímos en silencio con picardía cómplice y la música fluyó perfecta el resto de la tarde. Fue un concierto memorable.   Los recursos del músico popular son insospechados.

Hace poco preocupado con la diáspora musical venezolana conformada por excelentes músicos, vi recientemente al extraordinario cuatrista venezolano Jorge Glem tocando en un festival en la estación Gran Central, recordé entonces que...  toqué el cuatro una vez en Nueva York.
Daniel Atilano

miércoles, 21 de junio de 2017

Una de vaqueros

                              
Cuando era chamo, tendría unos diez, once años más o menos, solíamos jugar en un parquecito. Mis amigos me llamaban con un típico silbidito rápido fuiu-fu-fui que inmediatamente tenía en mi un efecto Pavlov- era una emoción incontrolable e inmediata- agarraba mi balón, o el guante, dependiendo de la temporada de futbol o pelota. Dejaba lo que estaba haciendo, salía corriendo y gritando a armar la partida mientras caminábamos hacia el parque,  decidíamos con “pares o nones” o “piedra-papel o tijera” el lado de la cancha que nos podría tocar. Todos sabíamos que podíamos jugar con el sol a favor,  jugando futbol, si le dabas al balón con el ángulo necesario podías encandilar al arquero, un gol seguro; ocurría lo mismo con la pelota, si bateabas un fly por left field el jugador igualmente se cegaba no  atajaba esa pelota nunca, mínimo un hit asegurado.

Mi papá era un fanático de las películas de vaqueros, con él vi Rio Rojo, Río Bravo, Lucha de Gigantes, Vaqueros, La Diligencia y muchas películas protagonizadas por John Wayne, de hecho, cuando llegaba a casa decíamos, “llegó John Wayne”. Siempre estaba trabajando, era lógico, teniendo tantos hijos... Sin embargo, algún que otro sábado o domingo veía la televisión en la tarde y te “invitaba” a ver la película con él. Era un rito obligatorio,  más de una vez me tocó sacrificar la emoción del silbidito por la “invitación” de mi papá para ver películas de vaqueros.
Muchas veces, planeábamos una especie de campeonato entre nosotros, nos íbamos eliminando hasta tener un “campeón de la cuadra”. El torneo estaba acordado en distintos encuentros los fines de semana; por lo tanto, la presencia de mis hermanos y mía era “impelable” y necesaria. Gracias a esta tensión entre silbidito-vaquero-papá mi oído desarrolló una discreción auditiva peculiar en balas y puños en películas de vaqueros.
El western norteamericano se escuchaba  muy distinto que el spaghetti western, no era solamente una cuestión en el doblaje de las voces, sino de balas y puños. Supongo se debía a las frecuencias agudas en el doblaje de los estudios Cinecittá en Roma. Si uno detalla el sonido de las balas y los puños en los western norteamericanos tienen profundidad y una reverberación controlada. En el spaghetti western sonido del era más agudo y tenían un eco o reverberación en ese registro. Ese detalle de doblaje no le gustaba a mi papá prefería cocinar, leer, hablar con mi mamá u otra cosa, pero no veía esas películas. Yo, al tanto del gusto de mi padre, solía escuchar y apreciar el sonido de  las balas o puños de la película, sabía que al sentir el silbidito podría ir o no al juego. Era una cuestión de oído, me acondicioné a escuchar esa diferencia en las balas y puños en las películas de vaqueros. Me había convertido en un experto en el reconocimiento auditivo de balas y puños. Extraño a mi padre y el sonido de las películas de vaqueros.
Lamentablemente, los niños y muchachos de hoy no distinguen las balas de los westerns con sus padres. Reconocen las de verdad, saben  lo que hacen.  Lo han aprendido defendiéndose  de la guardia y policía nacional bolivariana en el asfalto venezolano.
Hubiera preferido para ellos…  una de vaqueros.  

Daniel Atilano

viernes, 16 de junio de 2017

Pablo Pueblo, o volver a la adolescencia.


En mi adolescencia era un fiebruo del voleibol. Mi equipo, LIDES, estaba integrado por jugadores de varios colegios y era entrenado por el profesor de educación física. Todos tuvimos -y aún tienen los muchachos de bachillerato- estos personajes inolvidables en nuestra formación que te ubicaban en la vida de la ciudad, en la conciencia social, en tu relación con el otro. Él nos decía que en los colegios no se aprendía la malicia del juego ya que ésta se movía en la calle y que si la queríamos encontrar teníamos que buscar la candela donde estaban los jugadores de verdad. Nos inició entonces en un periplo por una Caracas hasta el momento desconocida por nosotros que nos lllevó a jugar en las caimaneras del Parque Miranda (el de antes), San Agustín del Sur, la Bombilla, Mesuca, el Liceo Andrés Bello, el Pedagógico, la Facultad de Ciencias y la cachucha en la UCV.
Nos acostumbramos a jugar en estos sitios y vivir la malicia del juego; el amague, la jugada rápida, a reventar la bola, al cambio de velocidad pero sobre todo a aprender a perder hasta ganar. El ritual de aprendizaje incluía la salsa que resultó siendo parte importante de mi instrucción musical. La salsa animaba los juegos, la tribuna, los jugadores y entrenadores bailaban y coreaban las canciones de Fania y a veces servía hasta de guía porque cuando no sabíamos dónde quedaba la cancha seguíamos la música hasta encontrarla. Fue así también como me inicié en el baile.  
Pero nunca fui un gran bailador de salsa como mi amigo Néstor,  cuya colección de discos de este género era extensa y actualizada. Sus hermanas fueron las que me enseñaron los pasos que sé y gracias a ellas me defendí en las fiestas de entonces en la que mi juventud se paseó entre los sonidos de músicos y cantantes como Willie Colón, Hector Lavoe, Maelo, Cheo Feliciano, Tito Puente, Celia Cruz, La Dimensión Latina con Oscar D’León; ellos fueron el sonido cotidiano de la fiesta y el deporte.
Recuerdo particularmente el disco Metiendo Mano!  Fue el primero del binomio Willie Colón-Rubén Blades  lanzado al público en 1977 y era una “salsa rara” ¿Por qué? Por la letra. Era inevitable escucharla mientras bailabas hasta el punto en que te hacía pararte.  “Este tipo te cuenta historias del barrio”, pensaba. Una de las piezas que más me impresionó fue Pablo Pueblo porque, ¿cómo podías bailar una historia tan triste? Pero la bailabas porque aquí en el Caribe bailamos nuestras tristezas.
En ese entonces la izquierda había hecho suyas las denuncias del “Poeta de la Salsa” y era inevitable relacionar el canto del pueblo en los versos de Rubén. El movimiento político centraba la protesta y la esperanza como argumento de la injusticia social y hacía que su discurso fuese uno patente y evidente en un país como Venezuela, particularmente en una ciudad como Caracas. Con todo lo que eso implicaba en la época.
Sin embargo, algo no cuajaba en aquellos candidatos de la izquierda, uno no lograba imaginar a un José Vicente Rangel encarnando las letras de Pablo Pueblo. Había demasiado dinero y Venezuela era una fiesta continua.
Pero hace 20 años pasó algó, la gente pudo ponerle cara a Pablo Pueblo en un nuevo candidato que apareció y gracias a su discurso e imagen la izquierda por fin llegó al poder. Hoy, 20 años después, el fantasma de ese falso Pablo a través de los títeres que dejó en la tierra su tan esperado gobierno implantó la injusticia como condición, dejadez como cotidianidad y la tristeza como futuro. Ahora los  muchachos no juegan voleibol y es mejor no seguir el sonido de la salsa.
Ahora mismo el juego es otro. Está integrado por los muchachos de todos los estratos del país, llenos de una sensibilidad y conciencia social que deberían contagiarnos a los más viejos. El entrenamiento se hace en la calle, la malicia ya no es jugar el inocente voleibol sino que es perversa, peligrosa y se juega en toda Venezuela.  La salsa ya no suena como antes, el poderoso pensó que era el propio Pablo Pueblo y terminó siendo el opresor del que aquel se quejaba. Rubén con su guitarra le recordó que Pablo Pueblo no reprimiría a su gente” y en una versión más lenta y reflexiva, la letra sigue estando vigente.

El otro se quedó solo con el baile.

Daniel Atilano